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martes, 17 de julio de 2012

Cuando se pierde el sentido del gusto

Hay quienes prefieren las comidas dulces mientras que a otros se les hace agua la boca por un bocadillo salado. En la vida, dicen “todo es cuestión de gustos”, aunque a veces hay personas que pueden tener este sentido distorsionado y hasta totalmente anulado. ¿Te imaginas una vida sin sabores? Sigue leyendo y entérate acerca de este sentido al que muchas veces no le damos la importancia debida.

El gusto es uno de nuestros cinco sentidos que se suma al tacto, a la vista, al oído y al olfato. Así como los ojos te permiten ver y la nariz oler, la lengua es la encargada de detectar cómo sabe cada comida.

Para ello, la lengua cuenta con lo que se denominan papilas gustativas (¡en total, tiene alrededor de 10 mil!), que se conectan al cerebro por fibras nerviosas. Las papilas gustativas están ubicadas en distintas zonas de la lengua y, de acuerdo a esas zonas, la lengua entonces es capaz de detectar los sabores básicos: dulce, salado, ácido o amargo.

Cada zona de la lengua es más sensible a uno de estos sabores. Para que te des una idea, piensa que la punta de la lengua es más sensible a lo salado y en seguida detrás comienza el área que más percibe lo dulce. A los costados posteriores están las zonas sensibles a lo sabores o gustos ácidos y en la parte posterior, justo antes de que la comida pase hacia el estómago, hay otra parte sensible a los sabores o gustos amargos.

A veces, por algún motivo, la transferencia de sensaciones de sabor al cerebro se interrumpe o cambia, afectando la forma en la que la lengua interpreta los sabores. Cuando esto ocurre, la persona puede tener distintas sensaciones frente a los alimentos, que van desde una distorsión del gusto hasta una pérdida completa del mismo, aunque esto último no es frecuente.

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miércoles, 28 de marzo de 2012

El regreso del sarampión

Esta enfermedad, cuya aparición se debilitó significativamente gracias a las vacunas (y hasta se pensaba erradicada), ha resurgido nuevamente. Muchos padres de familia, asustados por informaciones equivocadas sobre los efectos de la vacuna contra el sarampión, dejaron de vacunar a sus hijos, y esta grave enfermedad ha vuelto. Infórmate para que tomes las medidas necesarias para evitar que el sarampión regrese para quedarse.

Luisa tiene una bebita de un año y siempre se reúne con sus amigas a tomar un café en un centro comercial. Pero a mediados del año pasado, cuando la nena tenía sólo meses, dijo que no volvía pues escuchó en las noticias que había una epidemia de sarampión y prefería no arriesgar la salud de su bebita llevándola a sitios donde hay mucha gente. Luisa vive en Estados Unidos, un país en el que se creía que el sarampión era una enfermedad que se había erradicado gracias a las vacunas (así lo habían declarado organismos de salud de dicho país en el año 2000).

Sin embargo, algunos movimientos contra las vacunas, que se inició a raíz de una investigación publicada hace un tiempo en The Lancet (una revista médica), que resultó siendo un fraude y que anunciaba equivocadamente que la vacuna contra el sarampión causaba autismo, hizo que muchas personas dejaran de vacunar a sus hijos. Pero aún cuando se desmintió esta información, muchos padres de familia continúan con esta práctica que pone en riesgo la salud de sus hijos y la salud de todos los demás. Para la muestra, está el regreso del sarampión que tuvo brotes en Estados Unidos, en Europa y en algunos países latinoamericanos.

En Estados Unidos, según los Centros para el Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), el 90% de los nuevos casos de sarampión se presentaron en personas que no se habían vacunado, de los cuales, un 15% eran bebés menores de un año. Así mismo, la mitad de los niños menores de 5 años afectados por el sarampión, tuvieron que ser hospitalizados por complicaciones.

Sin ir más lejos, en febrero de este año, luego de las festividades deportivas del Super Bowl en Estados Unidos, se reportaron algunos casos de sarampión que encienden de nuevo las alarmas e invitan a que todos nos vacunemos contra esta enfermedad.

Pero más allá de las cifras y las polémicas, es muy importante recordarte de qué se trata el sarampión, para que no pienses que es sólo una enfermedad que causa tener puntitos rojos en todo el cuerpo. Tal es su gravedad, que las autoridades de salud de Estados Unidos ahora promueven la vacunación en los bebés de 6 meses, especialmente si van a viajar a Europa, un lugar en donde la epidemia del sarampión reportó alrededor de 26,000 casos.

El sarampión es una enfermedad respiratoria, altamente contagiosa que se transmite por un virus y que puede tener complicaciones graves y incluso puede causar la muerte en los pequeños. El virus del sarampión, crece en las células que recubren la parte posterior de la garganta y los pulmones.

Se transmite a través del aire que respiramos, por la tos y los estornudos. ¡Es así de contagioso! Simplemente respirando el aire contaminado, ya te puede atrapar. Dos días antes de que aparecen los síntomas, es cuando el sarampión es más contagioso.

El sarampión tiene síntomas que pueden confundirse con el de otras enfermedades: fiebre, abundante mucosidad de la nariz y tos, pero lo que lo caracteriza es que aparece un sarpullido (una erupción) en todo el cuerpo. Además, se presenta con los ojos rojos (conjuntivitis) y con dolor en todo el cuerpo. Otro síntoma típico son los pequeños puntos rojos con centro blanco azuloso que aparecen dentro de la boca.

Pero el sarampión no viene solo. Las complicaciones no se hacen esperar: Alrededor de uno de cada 10 niños con sarampión también sufre de infección en el oído y uno de cada 20 contrae neumonía. Uno de cada mil se complica con encefalitis y dos de cada mil, mueren. El sarampión no es inofensivo: mata a 200,000 personas al año en todo el mundo.

Con estas cifras en mente, ¿no crees que es necesario proteger a los niños? La mejor forma de prevenir que el sarampión se convierta en una enfermedad ‘de moda’ es a través de la vacunación.

Los bebés recién nacidos están protegidos contra el sarampión hasta los 6 meses gracias a la inmunidad que reciben de sus madres (la vacuna se puede dar si existe una epidemia). En la mayoría de los casos, la vacuna para el sarampión forma parte de la vacuna conocida como MMR que inmuniza contra el sarampión, la rubeola y las paperas o la MMRV que inmuniza contra el sarampión, la rubéola, las paperas y la varicela, la cual se administra entre los 12 y los 15 meses de edad y luego, entre los 4 y 6 años de edad.

Si tienes dudas acerca de cuándo y por qué debes vacunar a tus pequeños, consulta con tu médico. Recuerda que las vacunas, si bien tienen un pequeño riesgo de darles algunas reacciones, tienen muchos más beneficios que las consecuencias que puede traer una enfermedad grave como el sarampión. Tanto la Organización Mundial de la Salud, como la Academia Americana de Pediatría, el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades y muchas otras organizaciones médicas a nivel internacional recomiendan la vacunación para proteger a los niños.

Infórmate y actúa para proteger la salud de los niños, tanto los tuyos como los de los demás.

Tomado de Vida y Salud

miércoles, 10 de agosto de 2011

¿El niño tiene fiebre? ¡No te equivoques con la dosis de acetaminofén!


Si el término acetaminofén no te resulta familiar, seguramente lo reconocerás por su nombre de marca, Tylenol, un medicamento que los padres administran a sus niños para bajarles la fiebre, o aliviarles un dolor o malestar. En la proporción correcta para cada edad es un excelente aliado, pero hay que tener cuidado: en dosis excesiva puede resultar tóxico y dañino, según advierte a los padres y al público en general un reciente comunicado de la Administración de Alimentos y Medicamentos (conocido como FDA, por sus siglas en inglés).
Cuando Eduardo comenzó a ir a la guardería a los tres añitos, una de las primeras cosas que trajo de vuelta a casa ¡fue un virus!  Su pediatra le recomendó reposo, líquidos y acetaminofén o Tylenol para la fiebre.  Cuando se agotó el que quedaba en el frasco, el papá de Eduardo pensó que no había razón para ir corriendo a comprar uno nuevo a la farmacia cuando en el botiquín tenían un frasco de acetaminofén concentrado que usan cuando se enferma  su bebé de 9 meses. “Le doy a Eduardo una cucharadita más de éste que es para bebitos y así le hace efecto”, pensó. ¡Un grave error!
Según la doctora Sandra Kweder, de la Oficina de Nuevos Medicamentos de la Administración de Medicamentos y Alimentos (o FDA), cuando el acetaminofén que se vende en forma de gotas concentradas (para bebés) se le administra a un niño mayor en una cantidad más elevada (una cucharada, por ejemplo),  puede ocasionar una sobredosis fatal. Desafortunadamente, es un error muy común. Según la doctora Kweder, ése es precisamente el problema más grande con el uso del acetaminofén: darle a los niños, sin querer, la dosis equivocada.
Y bueno, puedes preguntarte, ¿por qué es tan fácil equivocarse con la dosis de acetaminofén o Tylenol? ¿Es que las instrucciones para su uso no vienen bien claras en los envases? Por supuesto que sí, pero analicemos las razones.
En primer lugar, la confusión puede derivarse en parte por la gran variedad de opciones  del mismo producto, que viene en diferentes concentraciones e instrucciones de dosificación para niños en distintas edades de desarrollo.  Son tantas las que hay en el mercado que a veces no se sabe ni cuál escoger. Compruébalo la próxima vez que vayas a la farmacia: echa una ojeada a la cantidad de opciones para el acetaminofén: envases en diversos tamaños, colores, para el día, para la noche, para bebés, para niños de 2-4 y la lista continua.
En segundo lugar, muchas personas no leen las instrucciones completas o se confían pensando que si es un medicamento tan común debe ser totalmente inofensivo.
Pero aún cuando los padres sean extremadamente cautelosos en la administración del acetaminofén, es posible que se produzca una sobredosis si el niño está tomando más de un medicamento que lo contenga como ingrediente activo  (uno para bajar la fiebre, otro para aliviar la tos y el dolor de garganta o para contener la secreción nasal, por ejemplo).  ¿Cómo es posible? Pues porque el acetaminofén se encuentra también en esos medicamentos para el catarro o  para la tos. De hecho, se encuentra en la fórmula o composición de más de 600 medicamentos ya sean recetados o de venta libre.
Entonces, ¿es seguro usar acetaminofén o no?  Si se siguen las instrucciones del envase, el acetaminofén es por lo general seguro y efectivo.  Pero si el niño toma más de lo indicado puede producirle náuseas, vómitos o dolor en el abdomen.
En la actualidad, la FDA está revisando las recomendaciones para unificar la dosificación y la potencia del medicamento (hoy día existen 7 potencias en el mercado), así como para establecer estándares más precisos para las unidades de medida del envase (vienen lo mismo en mililitros, que en cucharadas que en centímetro cúbicos).
Para darle acetaminofén a tu hijo, sigue los siguientes consejos:
  • Nunca le des más de una medicina que contenga acetaminofén a la vez. Para saber si un medicamento de venta libre (sin receta) lo contiene, busca el nombre acetaminofén (acetaminophen) en donde están los: datos acerca de la medicina (Drug Facts) en la sección en la que se enumeran los ingredientes activos.  Si el medicamento te lo recetó el médico, pregúntale al farmacéutico.
  • Selecciona la medicina de venta libre adecuada para la edad y el peso del niño. La sección del envase que tiene las instrucciones te indica si la medicina es la adecuada para tu hijo y qué cantidad debes darle. Si la dosis para la edad o el peso del niño no aparece en el envase o no tienes claro cuánto debes darle, es mejor que consultes con el farmacéutico o con el pediatra.
  • Nunca le des más cantidad de la indicada. Si la medicina no es suficiente para bajar la fiebre o aliviar al dolor, llama al médico para que te indique qué hacer.
  • Si la medicina viene en líquido, usa el medidor que viene con el frasco. Nunca uses una cuchara de mesa común.
  • Mantén un registro diario de la cantidad de medicamento que toma el niño y a qué hora se la das para que todos los que están al cuidado del niño sepan exactamente cuándo se le administró la última dosis y no le den otra por accidente.
  • Si te saltas una dosis, no le des el doble en la siguiente para compensar la que perdió. Sigue el horario ya establecido.
  • Si el niño ingiere accidentalmente demasiado acetaminofén, busca ayuda médica de inmediato, aunque el niño no se sienta mal.  Llama a emergencia o llévalo rápidamente a un hospital o centro de atención de la salud. Algunos de los síntomas de sobredosis de este medicamento son: náuseas, vómitos, falta de apetito, sudoración, cansancio, moretones, dolor en la parte superior derecha del abdomen, coloración amarillenta de los ojos y la piel, o malestares como si tuviera una gripe.
Ten mucho cuidado con la administración del acetaminofén o de cualquier otro medicamento que le des a tu hijo, y en especial, si debe tomar varios a la vez. Si tienes dudas, llama al pediatra o consulta con el farmacéutico.  Y recuerda de mantener los medicamentos de cualquier tipo fuera del alcance de los niños para evitar accidentes. Prevenir es siempre mejor que tener que lamentar.

Tomado de Vida y Salud

martes, 31 de mayo de 2011

Otitis y obesidad infantil: ¿qué tiene que ver lo uno con lo otro?


¿Sabías que el oído puede relacionarse con el olfato y el gusto? Un estudio reciente al respecto encontró que la otitis crónica, que es un problema en los oídos frecuente en los niños, puede causar cambios en el gusto que se asocian con la obesidad infantil. Aquí te contamos más detalles sobre este descubrimiento y cómo puedes prevenir que tus niños tengan otitis crónica.
Muchos bebés y niños pequeños tienen problemas de infecciones en los oídos. En general, la infección afecta el oído medio, justo detrás del tímpano, y se denomina otitis media. Esto hace que unos tubos que tenemos dentro de los oídos, que se llaman trompas de Eustaquio, que son los que nos permiten oír, se tapen con líquido y moco. Esto puede hacer que los niños no escuchen bien, ya que el sonido no puede pasar a través de todo ese líquido.
En general, las infecciones del oído desaparecen solas, pero cuando este problema se repite con frecuencia o se hace permanente se denomina otitis crónica. Una infección crónica y prolongada del oído puede tener síntomas menos severos que una infección aguda y muchas veces puede pasar inadvertida y sin tratamiento por un largo tiempo. Por eso es muy importante que prestes atención luego de que tus niños se hayan curado de una infección en los oídos.
Los síntomas de la otitis pueden darse en forma continua o intermitente, en un oído o en los dos. Entre ellos, por ejemplo, el niño puede tener:
  • Dolor o molestias en el oído.
  • Fiebre.
  • Secreción del oído purulenta o con pus.
  • Hipoacusia o dificultades para escuchar.
Pero ¿qué tiene que ver la otitis con la obesidad infantil?
Teniendo en cuenta que las trompas de Eustaquio llegan hasta la garganta, un grupo de investigadores de Corea realizó un estudio en busca de determinar si existe alguna relación entre la obesidad y la otitis crónica supurativa (que es una frase que los médicos emplean cuando una inflamación en el oído medio no desaparece). Así, encontraron que los niños que sufrían estas infecciones del oído tenían menor capacidad de detectar el gusto en la parte delantera de la lengua en particular, que es la que permite detectar los sabores dulces y salados. Lo mismo ocurría con los sabores ácidos y amargos, aunque en menor medida.
Estos niños, además, tendían a tener mayor peso que los que no tenían infección auditiva (o infección del oído). Por eso, se cree que esa disminución en el sentido del gusto puede hacer que los niños necesiten agregar más azúcar y más sal a sus comidas, así como a consumir más alimentos para sentir el sabor, lo que incrementa sus posibilidades de ser obesos.
De todos modos, los especialistas advierten que estos hallazgos son una referencia que pueden ayudar a combatir la obesidad infantil pero no significa que una cosa sea causa de la otra. Por el contrario, existen varios factores que pueden promover la obesidad infantil, muchas veces relacionados con las costumbres, el modo en que se alimentan y la cantidad de ejercicio que hacen. Por eso, hacen falta más estudios para determinar si la otitis crónica del oído medio realmente afecta a la obesidad. De ser así, este sería otro motivo para combatir esta enfermedad auditiva.
Mientras tanto, para prevenir el desarrollo de una infección crónica en el oído medio y las complicaciones que de por sí causa, es importante que el niño cuente con un tratamiento oportuno y apropiado. Por eso, no te olvides de llevarlo a controles con el médico después del tratamiento de una infección aguda del oído, para verificar que esté completamente curado.
Recuerda que la infección aguda del oído es la que se va sola y dura poco tiempo, que da síntomas más fuertes. La crónica, en cambio, es la que se extiende y tiene síntomas más leves, tanto que, incluso, muchas veces puede pasar desapercibida.
Con un tratamiento a tiempo puedes ayudar a que tus niños no sufran complicaciones posteriores y puedan seguir disfrutando no sólo de una buena audición (que oigan bien) sino también de sus comidas favoritas.
Tomado de Vida y Salud