DESPACHOS A TODO EL PAÍS
Mostrando las entradas con la etiqueta desarrollo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta desarrollo. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de diciembre de 2011

Que la burla y el acoso por compañeros o compañeras no hagan que bajen tus calificaciones


Es comprensible que no puedas concentrarte y que tu rendimiento escolar se vea afectado si tus compañeros o compañeras en el colegio te acosan o te molestan. Si estás en esta situación, debes saber que está en tus manos resolver la situación: hay muchas cosas que puedes hacer y no necesitas estar solo(a) en este proceso. Esta es una llamada de aviso para ti y para tus padres: pide ayuda y busca una solución segura.

¡Ánimo! Las cosas pueden y van a mejorar. El soportar las burlas de tus compañeros o de otros chicos del colegio es muy difícil y puede ser doloroso. Hasta es posible que debas tolerar amenazas que pueden asustarte y hacer que llores una tarde completa o que pases la noche en vela angustiado y pensando en qué puedes hacer para evitarlos.

Si te está pasando algo así, entonces eres víctima de acosos e intimidaciones que pueden afectar no sólo tu estado de ánimo sino también tus calificaciones y incluso, el desarrollo de tu personalidad.

Un estudio reciente desarrollado por unos investigadores de la Universidad Estatal de Ohio, en Estados Unidos, ha encontrado que los adolescentes de secundaria que sufren acoso por parte de sus compañeros tienen retrocesos en sus calificaciones, en especial cuando se trata de los alumnos de origen afroamericano o latino, que son discriminados.

Para llegar a estos resultados, los investigadores compararon los índices académicos de 9.590 estudiantes de 580 secundarias de ese país, a los que se les preguntó si habían experimentado acoso en el décimo curso (primero de preparatoria). Así descubrieron que, comparado con quienes no fueron acosados, los niños acosados experimentaron un descenso de 0.049 puntos en su índice académico entre el noveno y el doceavo curso.

Además, según este estudio que fue presentado en la reunión anual de la Asociación Americana de Sociología (American Sociological Association), el efecto del acoso fue más notorio entre los estudiantes afroamericanos e hispanos con alto rendimiento. Por ejemplo, los estudiantes afroamericanos que tenían un índice académico de 3,5 en el noveno curso y fueron acosados en el décimo tuvieron un descenso de 0,3 puntos para el doceavo. El descenso fue de 0,5 puntos para los estudiantes hispanos que tenían un índice académico de 3,5 y que fueron acosados en el décimo curso.

Esta es una de las razones por las cuales debes estar alerta y tener el coraje de enfrentar situaciones difíciles o riesgosas, de las cuales muchas veces no podrás salir sin ayuda, ya sea de otro compañero y especialmente de los adultos como tus padres, tus profesores y los directores de tu colegio.

Recuerda que puedes ser acosado o intimidado de diferentes maneras, tanto en el mundo físico como a través de las redes sociales, donde fácilmente puedes quedar expuesto ante el resto de tus compañeros.

A veces, incluso, la intimidación puede confundirse con camaradería y en realidad no es más que presión. Por ejemplo, si tu grupo de amigos te insiste que hagas algo que no quieres hacer o se burlan de ti porque no le encuentras la gracia a algo que para ellos puede ser signo de poder en el colegio, como molestar a otro compañero tímido que acaba de ingresar al curso.

Si deseas seguir leyendo, pincha aquí

sábado, 10 de septiembre de 2011

Hijos en la cama de los padres, ¿sí o no?


“¿Lo dejamos o no lo dejamos?” Esta es la pregunta que muchas veces se hacen los padres ante los reclamos de sus niños que, ya sea por miedo o porque prefieren estar en compañía, quieren a sus padres cerca a la hora de dormir. Con respecto a este tema hay opiniones a favor y en contra. Si como padres temen que compartir la cama con sus hijos afecte su desarrollo, un nuevo estudio ha demostrado que hacerlo después del primer año de vida no presenta riesgos. Sigue leyendo y luego cuéntanos: ¿lo han dejado compartir la cama con ustedes o no?

A muchas mamás les encantaría dormir toda la noche con sus bebés sobre el pecho, pero los especialistas no lo recomiendan. La Academia Americana de Pediatría (AAP por su sigla en inglés) sugiere que los lactantes no compartan la cama con sus padres. El temor principal es que sufran lo que se conoce como Síndrome de Muerte Súbita del Lactante.

Independientemente de esto, el denominado colecho, nombre con el que se denomina, justamente, al hecho de que los niños duerman o compartan la cama con sus padres varias veces por semana, parece ser algo cultural.

Y mientras algunos temen que esto afecte el desarrollo psicológico de los niños, otros consideran que la separación entre la mamá y el bebé a veces se produce demasiado temprano ya que, por ejemplo, en las sociedades occidentales se tiende a alejarlo y dejarlo solo prácticamente desde el momento en que nace, aunque, los bebés muy pequeños necesiten el contacto físico constante con sus mamás hasta que se adaptan al nuevo mundo en que se encuentran.

Ni un extremo ni otro. Un estudio reciente ha demostrado que dormir en la cama de los padres luego del primer año de vida no afecta el desarrollo intelectual o social de los niños pequeños, aunque los investigadores que estuvieron a cargo recordaron la importancia de tener en cuenta la sugerencia de la AAP.

En este sentido, el mensaje para las mamás y para los papás sería: compartir la cama con el bebé no generará problemas de conducta en el futuro. Eso sí, deben esperar a que el bebé cumpla su primer año de vida. A partir de ese momento desaparece el riesgo de sufrir el Síndrome de Muerte Súbita del Lactante. Antes de ese momento lo que mejor es que el bebé duerma cerca de los padres, pero en su propia cuna.

Para llegar a estas conclusiones, un equipo de especialistas de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook analizó los datos de casi mil familias de bajos ingresos que tenían al menos un niño menor de un año al inicio del estudio.

Los autores visitaron a cada familia cuando los niños cumplieron uno, dos y tres años, y les consultaron sobre la salud de sus hijos, las rutinas de crianza y el lugar donde dormían. De las respuestas se encontró que casi la mitad de las mujeres había compartido la cama con el bebé en alguna de esas edades, y entre ellas, las hispanas y las afroamericanas lo hacían con más frecuencia que las blancas. A los cinco años, todos los niños fueron sometidos a varias pruebas cognitivas y de conducta, con un enfoque en la evaluación de las habilidades matemáticas y del lenguaje. Además, analizaron los niveles de hiperactividad y las habilidades sociales. Tras controlar varios factores, como el sexo del niño, el peso al nacer, la etnicidad, el nivel económico y la educación de la madre, los autores no encontraron ninguna relación entre los niños que compartían la cama con sus padres después de un año de nacido y el inicio de los problemas de aprendizaje o de conducta a los cinco años.

Estos hallazgos, publicados en la edición de agosto de la revista Pediatrics, sugieren que compartir la cama no es necesariamente una mala idea para los niños de esa edad, pero los especialistas advierten que el estudio no consideró si esto afecta o no al modo en que duermen los niños. En este sentido, sí es importante que la calidad del sueño sea buena para tener un desarrollo apropiado.

Por eso los padres deberán decidir qué es más conveniente para sus hijos, si deben compartir o no la cama con ellos, teniendo en cuenta qué costumbres ayudan a descansar mejor a todos los miembros de la familia.

Los autores del estudio no pretenden recomendarle a los padres que tomen una decisión u otra, sino simplemente ayudarles a despejar sus dudas y sus temores basados en la información que se obtiene de los estudios. ¿A ti qué te parece? ¿Compartes la cama con tu hijo o descansa mejor durmiendo en su habitación? 

Tomado de Vida y Salud

lunes, 8 de agosto de 2011

Una prueba de audición para tu bebé: por qué es importante


El mundo del bebé debe estar lleno de sonidos: desde aquéllos que le dan seguridad y placer, como la voz de mamá, o los que lo invitan a dormir como una canción de cuna. Que tu bebé oiga bien es importante: de su capacidad de escuchar depende en gran medida su relación con el mundo y en particular, su aprendizaje del lenguaje. Muchos hospitales realizan la prueba antes de que el bebé se marche a casa, pero si no, debe practicarse durante el primer mes de vida.
Cuando te entreguen a tu bebé después de dar a luz, lo abrazarás con toda la ilusión y el amor con que lo has esperado durante nueve meses, y con seguridad revisarás cada pedazo de su cuerpecito, contarás sus deditos, querrás ver el color de sus ojos y cada detalle de esta personita que acaba de llegar al mundo.
Tu bebé seguramente pasó con anterioridad por la “inspección” de las enfermeras,  el obstetra o el pediatra que revisan el estado general del recién nacido en los primeros minutos de vida. Es lo que se conoce por la prueba de Apgar que evalúa sus reflejos, el ritmo de su corazón, su respiración, el color de la piel y el tono muscular. Pero posiblemente antes de que el bebé pueda irse a casa con sus padres, le harán también una prueba de audición (para ver cómo oye) en el hospital, que es lo que recomienda la Academia Americana de Pediatría.
¿Por qué es importante hacer esta prueba?
Según las estadísticas de esta misma institución, 2 a 3 de cada 1,000 bebés tienen problemas de audición (para oír) que se pueden detectar desde el nacimiento.  Cuanto antes se detecte una posible dificultad en la audición, más rápido puede comenzarse el tratamiento y a solucionarse el problema con ayuda de los especialistas y de los recursos disponibles en la comunidad. Según la Academia de Pediatría, cuando se interviene a tiempo, idealmente a los 6 meses de vida o antes, las posibilidades de que el bebé pueda desarrollar buenas habilidades de aprendizaje y del habla son muy altas. Muchos padres piensan que ellos mismos pueden ser capaces de detectar si el niño oye bien o no, pero no siempre es así. Es posible que el bebé responda a los ruidos o los sonidos intensos, pero no pueda detectar algunos más sutiles, y esto le dificultará hablar más adelante.  Solamente el o la pediatra o un(a) audiólogo(a) pueden determinar con certeza si el bebé oye bien o no. Llévalo a hacerse su prueba durante su primer mes de vida, o lo antes posible.
¿En qué consiste la prueba de audición?
El especialista puede utilizar cualquiera de las siguientes pruebas o las dos. Ambas son rápidas, duran de 5 a 10 minutos, no le causan ni dolor ni malestar al niño y hasta pueden hacerse mientras el bebé duerme o se está quietecito en tus brazos.
  1. Prueba de Emisión Otoacústica (OAE, por sus siglas en inglés). Se usa para determinar si las partes del oído responden adecuadamente al sonido. Durante la prueba se coloca en el canal del oído un audífono de esponja. El oído se estimula con sonido, y se mide el “eco”.  Como el eco se encuentra en todas las personas que oyen normalmente,  su ausencia podría indicar una pérdida de audición.
  2. Prueba de Respuesta Auditiva Troncoencefálica (ABR, por sus siglas en inglés). Este examen evalúa la forma en que el nervio auditivo responde a los sonidos. Se le colocan audífonos muy suaves en el oído al bebé y, mediante tres electrodos colocados en la cabeza, se mide la respuesta ante diferentes timbres o chasquidos.
Detectando la pérdida de la audición más adelante:
Es importante que tanto los padres, los abuelitos y las personas que están al cuidado de niños sepan y presten atención a ciertas señales ya que a veces la pérdida de la audición no se presenta hasta más adelante en el transcurso de la infancia y es entonces que los que están a cargo del niño  pueden reconocer estas señales de aviso. Por eso, aunque el bebé ya haya sido evaluado al poco tiempo de nacer, y la prueba haya dado un buen resultado, deben prestar atención si el niño muestra dificultad más adelante en las siguientes habilidades:
  • Durante el primer año: el niño(a) debe ser capaz de reaccionar ante ruidos fuertes, imitar sonidos (como los de los animalitos), y responder a su nombre.
  • A los dos años: e niño(a) debe imitar palabras sencillas, seguir juegos infantiles (las palmitas o a las escondidas), usar oraciones de dos palabras para pedir algo que quiere o necesita.
  • A los tres años: el niño(a) comprende conceptos como “ahora no”, “ya no más”, y ser capaz de seguir instrucciones simples.
Si tienes dudas o si detectas cualquier señal, consulta con el pediatra. En caso de que tus sospechas fueran ciertas, él o ella los referirá con un especialista o audiólogo(a), que se encargará de evaluar el grado de pérdida de audición del niño y te informará sobre las opciones de tratamiento y los dispositivos que se usan en la actualidad para compensar la pérdida de audición.  Recuerda que cuanto antes solicites ayuda para tu hijo(a), mayores posibilidades tendrá de superar cualquier deficiencia y de normalizar su crecimiento y su aprendizaje.

Tomado de Vida y Salud

lunes, 6 de junio de 2011

Cómo cuidar la salud de los adolescentes: de los 13 a los 18 años


La adolescencia es una etapa de grandes cambios y de emociones fuertes en la vida de todas las personas. En ese proceso que dura varios años, tus hijos/as no sólo notarán que su cuerpo cambia sino también sus ideas y lo que sienten. Esto puede causarles confusión. Aquí te contamos cómo acompañar a tus hijos/as de los 13 a los 18 años y cuidar su salud, tanto física como emocionalmente.
Si tu hijo o hija está cerca de los 10 años es hora de que empieces a pensar que ya puede estar dejando la niñez, quizá pronto dejarás de llevarlo al pediatra y cuando menos te des cuenta su cuerpo habrá cambiado, así como su forma de pensar. No existe un momento especial en el cual comiencen a ocurrir estos cambios que conducen a la adolescencia. Algunos niños empiezan antes y otros después. Lo importante es que tengas presente que a veces los cambios físicos suceden después de los emocionales.
Todo esto puede generar confusión y cambios en los estados de ánimo en los adolescentes. Su cuerpo comienza  a ser diferente, algunos desarrollan acné, aparece la menstruación y los senos en las mujeres, los varones cambian su voz y comienzan a tener más vello en la cara. Al mismo tiempo, empiezan a percibir que sus amigos o la gente de su edad los mira de manera diferente, comienzan a buscar modelos con quien quisieran identificarse y sobre todo, intentan ser aceptados por su grupo de referencia.
Esto hace que muchas veces los adolescentes se distancien de sus padres, no estén de acuerdo con sus puntos de vista y los contradigan. Esto es parte normal de este proceso, así que no  dejes que la situación te desconcierte. Y si temes por el bienestar de tus hijos/as ante los riesgos del mundo actual, lo mejor es que procures tener una buena comunicación. Trata de mantener siempre un diálogo abierto y de conocer qué cosas están sintiendo, qué temores tienen y qué sensaciones les provocan todos los cambios por los que están pasando.
Recuerda cuando tú estabas en la adolescencia, qué cosas te molestaban o te avergonzaban y comparte esos recuerdos con tus hijos/as, los tranquilizará saber que sus propios padres también han atravesado (y superado) situaciones similares.
No te avergüences de hablar con ellos sobre ciertos temas como la sexualidad y las drogas. La mejor forma de cuidar a tus hijos, de prevenir problemas y de ayudarlos es que ellos tengan la información correcta y conozcan los peligros. Por eso, lo ideal es que te adelantes y hables de estos temas antes de que se presenten. Si le cuentas a tu hija sobre la menstruación luego de su primer período, has llegado tarde. Lo mismo si recuerdas mencionar lo nocivo que puede ser el tabaco luego de haber encontrado la cajetilla de cigarrillos en el bolsillo de su pantalón.
Del mismo modo, trata de informarte acerca de las cosas que pueden ocurrir y de las que te preocupan y procura conversar con tus hijos/as al respecto y de establecer límites relevantes. Tal vez no quieras que tus hijos/as se tiñan el pelo y mucho menos que se hagan tatuajes o perforaciones, pero debes tener en cuenta que ellos/as están experimentando, buscando su propio estilo y también desean sorprenderte, así es que evalúa la importancia de las cosas antes de decir que no. Así, por ejemplo, teñirse puede resultar inofensivo ya que el pelo volverá a crecer y a tener su color natural pero no es tan sencillo eliminar un tatuaje. Este dura toda la vida y además puede causar infecciones y tiene otros riesgos para su salud.
Si tus hijos/as están sanos, durante esta etapa de la adolescencia -que podría dividirse en tres períodos- deberías llevarlos a hacerse chequeos médicos de rutina mínimo una vez  cada período: entre los 11 y los 14 (adolescencia temprana), entre los 15 y los 17 (adolescencia intermedia) y entre los 18 y los 22 años (adolescencia tardía).
Estas visitas te ayudarán a detectar cambios importantes, tanto físicos como emocionales y a enfrentar varios temas que pueden resultar difíciles de conversar entre padres e hijos. Por ejemplo, un profesional puede ayudar a despejar dudas sobre el desarrollo normal del cuerpo del adolescente o a detectar si existen riesgos de problemas de adicciones, trastornos de la alimentación o problemas físicos en general. Entre otras cosas, chequeará: la presión arterial, el peso, el nivel del colesterol en la sangre y el estado de la visión, la audición, la boca y los dientes.
Si es necesario, el médico podrá sugerir que lo lleves a uno o varios especialistas: al dentista para revisar el crecimiento de los dientes o la forma de morder, o si tiene caries; al dermatólogo si el acné es muy severo o al ginecólogo en el caso de las chicas, si tiene dolores menstruales muy intensos.
Mientras tanto, tú deberás ir encontrando nuevas formas de comunicarte con tus hijos/as adolescentes, conocerlos y descubrir su forma de ser y pensar. En esta etapa, pueden llamarte la atención muchas actitudes que posiblemente sean parte normal de esta transición. Ten paciencia y comprensión, pero presta atención a algunas cosas que sí pueden ser señales de alarma. Por ejemplo, debes buscar ayuda profesional si notas los siguientes signos o síntomas en tu hijo/a:
  • Aumento o pérdida extrema de peso
  • Problemas de insomnio o que duerme demasiado
  • Cambios rápidos y drásticos en su personalidad
  • Cambio repentino de amigos
  • Ausencia al colegio de manera frecuente o disminución en el rendimiento escolar
  • Referencias al suicidio (aunque sea en broma)
  • Indicios de que fuma, bebe alcohol o consume drogas
  • Problemas con la ley
  • Cualquier otro comportamiento que no es apropiado que dure más de 6 semanas.
Sé paciente y no te rindas aunque a veces te sientas abrumado por las situaciones que se presentan. Ten en cuenta que la adolescencia terminará. Mientras tanto, recuérdales a tus hijos que los(as) apoyas en este proceso y que juntos podrán atravesar este periodo de cambios y contradicciones. Cuando menos te des cuenta, ya serán personas adultas, responsables, comunicativas y además, si han contado con tu apoyo emocional y han visitado al médico con regularidad, serán adultos sanos.
Tomado de Vida y Salud

jueves, 7 de abril de 2011

Niños/as autistas: ¿qué es el autismo y cómo detectarlo?


Durante los primeros años de vida de un niño/a puede presentar un trastorno en el desarrollo conocido como autismo. En general se lo asocia con niños/as que no se comunican con su entorno pero no todos los casos son así, muchos niños/as autistas pueden interactuar con los demás y tener vidas felices. Aquí te contamos qué es el autismo y cómo puedes detectarlo.
Acostumbrados a las típicas escenas de las películas en las cuales aparecen niños o niñas autistas que juegan aislados y solos, sin emitir ni una palabra (sin hablar), como viviendo en su propio mundo, muchas personas desconocen que, en realidad, el autismo puede presentarse de diferentes maneras. ¿En qué mundo está tu niño/a? ¿Está siempre aislado/a y no habla con nadie o es revoltoso/a, tiene problemas de conducta recurrentes y parece que no te hace caso? Ambas situaciones pueden ser signo de un mismo trastorno, llamado autismo.
El autismo es un trastorno del desarrollo que aparece en los primeros 3 años de la vida y afecta el desarrollo cerebral normal en el área de las habilidades sociales y de la comunicación, y puede ser difícil de detectar. En general los padres son los primeros en notar que algo no funciona como debería. Y si bien en la mayoría de los casos son ellos quienes buscan ayuda profesional cuando el niño o la niña tiene alrededor de dos años, a veces el autismo se detecta sólo cuando el niño entra al colegio, debido a problemas recurrentes de conducta y comunicación.
Los síntomas del autismo se pueden manifestar no sólo de diferentes formas, sino en diferentes intensidades, y a veces, el desarrollo de un niño con autismo puede parecer normal al principio, en los primeros 18 a 24 meses de edad y luego puede sufrir un retroceso. O sea, pierde las habilidades sociales y del habla que había adquirido. Al crecer, es posible que algunos niños/as autistas no aprendan a hablar pero otros sí lo hacen y hasta podrán trabajar y comunicarse sin mayores inconvenientes, siempre que cuenten con el apoyo necesario.
¿Te preguntas cómo puedes detectar si tu niño o niña podría tener este problema? Ten en cuenta que los niños con autismo se caracterizan porque su comportamiento suele ser inapropiado: tienen dificultad cuando juegan con otros, en las relaciones con los demás y en la forma en que se comunican, ya sea a través del habla o por señas.
Algunas de las señales que pueden indicarte la existencia de un problema de autismo son:
• Prefiere estar solo/a y le resulta difícil jugar y estar con otros niños.
• No sonríe cuando alguien le sonríe y se ríe o sonríe en momentos y/o situaciones inapropiadas.
• Tiene dificultad para interpretar lo que los demás están pensando o sintiendo, no responde adecuadamente al tono de voz o a las expresiones faciales y no observa las caras de las otras personas.
• Tiene poco contacto visual, o no lo tiene. Parece estar en su propio mundo y se desconecta de los demás. Actúa como si fuera sordo o sorda o parece que algunas veces escucha pero otras no.
• Tiene dificultad para expresar sus necesidades, emplea gestos o señala los objetos en vez de usar palabras.
• Repite palabras o frases pero sin que tengan un significado (esto se conoce como ecolalia).
• No responde a su nombre y se refiere a sí mismo por el nombre en lugar de “yo” o “mí” o no se refiere a sí mismo correctamente (por ejemplo, dice “usted quiere agua” en vez de decir “yo quiero agua”).
• Quiere hacer todo de la misma manera, se resiste a los cambios en la rutina y tiene sus propios itinerarios (por ejemplo, siempre tiene que ponerse las medias antes que los pantalones).
• Tiene patrones de movimiento raros. Por ejemplo, hace movimientos repetitivos como mecerse y dar vuelta, tiene conductas auto-abusivas como morderse o golpearse la cabeza, camina en las puntas de los pies, frota las superficies o se lleva objetos a la boca y los lame.
• No sabe cómo entretenerse con los juguetes y/o juega a juegos raros sin parar. Pasa mucho tiempo alineando las cosas o poniéndolas en cierto orden. Hace girar los objetos y/o muestra un apego inapropiado por determinados objetos.
• No muestra ningún temor real a los peligros y puede no ser sensible o ser demasiado sensible al dolor. Asimismo, no se sobresalta ante los ruidos fuertes o, por el contrario, los ruidos normales le pueden parecer dolorosos y se lleva las manos a los oídos.
• Tiene rabietas intensas y muestra angustia sin ninguna razón aparente.
• Es muy independiente para su edad y hace cosas antes de lo esperado, comparado con niños de su edad.
•Tiene un período de atención breve e intereses muy restringidos.
• Es hiperactivo/a o demasiado pasivo/a
Aunque no hay cura para el autismo, en muchos casos los síntomas mejoran con el tratamiento y con la edad; y como ocurre en otras circunstancias, cuando antes se detecte el autismo y se comience el tratamiento, mejores serán los resultados.
Recuerda que con el apoyo apropiado, la gente con autismo puede tener una vida activa en sus comunidades. Por eso, no te desanimes: asesórate, infórmate, busca información profesional y aprende cómo ayudar a tu hijo/a a descubrir que el mundo es un lugar interesante.
Tomado de Vida y Salud

sábado, 15 de enero de 2011

Los niños y la timidez: ¿cuándo hay que preocuparse?


Ser tímido o extrovertido son rasgos de la personalidad y formas de ser. Hay niños/as a quienes les cuesta un poco más relacionarse con los demás y tener amigos/as. Pero esto no necesariamente significa que es un problema. Aquí te cuento cuándo la timidez es un asunto para preocuparse y cuándo no. Sigue leyendo para que tengas una mejor idea sobre la timidez en los niños.

Alicia está preocupada porque su hija de 4 años es tímida. Según ella, le cuesta socializar con otros niños y tarda tiempo en entrar en confianza para jugar y sentirse cómoda. Incluso, Alicia dice que su hija es tímida con los adultos y que siempre que se le acercan a hacerle un mimo, su hijita corre a esconderse detrás de ella. Muchos padres y madres, como Alicia, piensan que la timidez en los niños es un problema. Pero eso depende. Ser tímido e introvertido es tan normal como ser extrovertido. Son simplemente, maneras de ser diferentes.

Por eso, si te preocupa que tu hijo/a sea introvertido/a, es importante conocer la respuesta a la pregunta ¿cuánta timidez es normal en un niño? De esa manera no tomarás decisiones apresuradas ni te preocuparás más de la cuenta.

La timidez es normal en tu hijo/a si:

Se mantiene callado/a y tímido/a cuando está con personas que no conoce y al enfrentar situaciones nuevas. Sin embargo, luego de un tiempo, se relaja y puede estar cómodo con estas personas y/o en estas situaciones.



Tiene amigos, aunque sean pocos.
No le gusta ser el centro de atención o interactuar con gente en grupos grandes, pero lo puede hacer perfectamente en grupos pequeños de personas.


Por lo general, los niños/as que son tímidos en los niveles normales, no van a tener problemas para relacionarse con otros en su adultez. Además, puede ser que su temperamento reservado se deba a que alguno de los padres es tímido o introvertido. Como dije antes, es una manera de ser, y no necesariamente un comportamiento anormal. Sin embargo, es indispensable aclarar que la timidez en los niños sí puede convertirse en un problema en el caso de que:


Interfiera con la habilidad de tu hijo/a para hacer amigos y para desenvolverse en la escuela. Por ejemplo: que no quiera ir a la escuela y tenga problemas para relacionarse con los profesores o maestros.


Produzca ansiedad y miedo. Muchos niños que se encuentran en situaciones nuevas pueden tener ataques de ansiedad o pueden inmovilizarse por el miedo.


Haga que tu hijo/a esté muy solo/a y tenga baja autoestima.


Si la timidez de tu hijo/a está interfiriendo en sus actividades cotidianas, puede ser que se trate de una fobia social o un desorden de ansiedad. En este caso, lo mejor es llevar al niño o a la niña a una evaluación con el pediatra o con un psicólogo infantil para ver qué tratamiento o medidas se pueden tomar al respecto.


Recuerda que el apoyo de los padres es fundamental cuando se trata de la timidez infantil. Tú puedes brindarle seguridad a tu hijo/a si lo preparas para las situaciones sociales en las que piensas que se va a sentir incómodo/a, hablándole de las personas que estarán ahí, diciéndole que no hay nada que temer, y asegurándote de ir con él o ella o de que haya alguna persona de su confianza en el lugar.


También puedes motivarlo a interactuar en pequeños grupos, puedes invitar a otros niños a jugar a casa, llevarlo al parque y decirle que comparta con otros niños. Poco a poco, verás que se siente cómodo/a y que puede establecer relaciones con los demás sin tener miedo.


Anímalo/a cuando hace algo que está fuera de su rutina; recuérdale que los demás son como él y que tener amigos e interactuar es divertido.


La timidez no es mala si no interfiere en su desarrollo, es otra forma de ser. Ser excesivamente extrovertido y ‘socialmente agresivo’ tampoco es lo deseable si es que esto interfiere en su vida normal. Por eso, lo mejor es que haya un equilibrio.


Ayuda a tu hijo/a, apóyalo/a y, si crees que su timidez no es normal, no dudes en consultar con un especialista. Pero dale tiempo y ten paciencia. Los niños están descubriendo el mundo y descubriendo su lugar en él.
Tomado de Salud y Vida